“Mi hijo es muy valiente de estar en la Universidad. Porque para él es un medio ajeno, un medio difícil, porque no estamos acostumbrados, pero como familia confiamos en que va a sacar su carrera (…) llegó hasta aquí por sus méritos y sé que habrá más en el futuro”, dice su madre, Laura Opazo.

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Diego y su círculo cercano, quienes lo acompañaron a la entrevista. De izquierda a derecha: Laura Opazo (madre), Diego Jiménez, Ángela Escobar (intérprete) y Cristian Echeverría (amigo).

Diego Nicolás Jiménez tiene 18 años y es un novato en Ingeniería en Automatización. Un joven guapo, de cabello castaño y sonrisa fácil. Egresó del Liceo Politécnico Rosauro Santana Ríos de Lota e ingresó a la Universidad gracias a un cupo PACE. Suena como un adolescente más que persigue sus sueños, pero tiene una gran diferencia con sus compañeros: se encuentra en situación de discapacidad de origen auditivo.

Diego es uno de los primeros estudiantes con estas características que recibe la Universidad del Bío-Bío y el primero en ingresar a Ingeniería en Automatización. La Facultad ha pasado por un proceso de adaptación, el que se materializa en la ejecución de un taller de lengua de señas, proyecto que nació desde el cuerpo estudiantil y fue apoyado por la casa de estudios.

“Es un taller para aprender, para culturizar a la gente. La idea de esto es que Diego pueda salir de su círculo y pueda compartir con otros chicos, que lo apoyen y acompañen, tanto a nivel social como académico”, dice Iván Aguilera, del programa Tutores, quien fue el impulsor de este taller. En este sentido, destaca la buena disposición de la intérprete de Diego para facilitar la comunicación, sin embargo, es enfático en que el objetivo principal de esta actividad es que él pueda conversar con más personas sin asistencia.

El taller inició el sábado 10 de junio con una convocatoria abierta a alumnos de la carrera y algunos docentes y facultativos. “Son 4 jornadas completamente académicas, y una 50-50, la idea es que la última sea mitad cierre, con la entrega de unos diplomas honoríficos, por la participación” explica Aguilera.

Diego, por su parte, explica que le gusta mucho que sus compañeros tengan la oportunidad de aprender lengua de señas, ya que no sólo es un beneficio para él, sino que en el futuro lo será para otros con sus mismas capacidades.

Cuenta que los profesores lo han aceptado bastante bien, pero que la parte académica ha sido muy difícil, sin embargo, él esperaba que la Universidad fuese más complicada que la educación secundaria. “Toda la información es muy avanzada, se espera que aprendamos muchas cosas y muy rápido. En la sala estamos todos juntos, trabajamos, escribimos, hacemos cosas en conjunto, pero a veces no entiendo, igual voy avanzando de a poquito, pasito a pasito”, explica. Sin embargo, esta situación se encuentra dentro de los márgenes de normalidad, ya que los novatos tienden a no tener tan buenas calificaciones debido a que aún se están adaptando al sistema universitario.

Vladimir Esparza, jefe de carrera de Ingeniería en Automatización, destacó la llegada de Diego a la UBB. “Lo que más me ha llamado la atención es la forma en que los estudiantes de primer y segundo año se han aglutinada en torno a él, ha sido un elemento unificador para nuestra carrera”, dijo.

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Iván, como su tutor, dice que él observa que socialmente Diego no tiene problemas. “Los compañeros conversan harto con él, si no conocen una palabra la inventan con señas, de la forma más rudimentaria, como caminar (hace gesto de mover los dedos índice y corazón sobre la palma de su mano abierta) y es efectivo, se entienden de una u otra forma”.

Su madre, Laura Opazo, está de acuerdo con estas palabras. “Diego siempre busca la forma de comunicarse, de darse a entender y de entender a otros”. Esto sería, para ella, lo que posibilita a su hijo para cumplir sus sueños.

Este sueño, siempre fue para él ser un profesional. “Se veía difícil en la básica, en la media, pero yo siempre supe que él quería más, se veía. Diego quería ser profesional, llegó hasta acá y yo estoy muy orgullosa porque él lo hizo, y él está contento. Obvio que hay dificultades, pero ambos creemos que podrá salir adelante en su carrera”, dice Laura.

Diego, por su parte, cuenta que está completamente enamorado de su carrera, dice que le gustan mucho las matemáticas y por eso decidió postular a una Ingeniería. “Los procesos son interesantes, los temas son diferentes, aprendo cosas nuevas todos los días, algunas que cuestan, otras que me gustan, pero es genial”, explica Diego.

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“Igual es difícil, ya que hay asignaturas que son más complicadas que otras y en algunos casos no entiende, incluso con mi ayuda, ya que yo no soy Ingeniera”, explica Ángela Escobar, intérprete que acompaña a Diego a casi todas sus clases.

Por este motivo, recientemente Diego ha comenzado a recibir tutorías personales por parte de docentes del PACE, Walter Galdames y Yordana Vidal, quienes lo apoyan en el área de Física y Matemática. Diego explica que ha sido un proceso complejo, pero que ya comienzan a adaptarse. Señala también que está agradecido de estas clases y de la paciencia de los profesores. “Con el tiempo la comunicación se ha vuelto más fluida, los profesores le han hecho clases y evaluaciones”, cuenta su intérprete.

“Yo veo que él llega contento a la casa con las clases de física (que entrega el PACE), porque allá en la sala con sus compañeros hay mucho ruido y es muy rápido y él no alcanza a entender, a tomar el concepto, queda perdido. Especialmente en el área de laboratorios. Entonces esta ayuda es muy buena”, explica su madre.

Diego tiene muchos sueños. Se imagina en el futuro realizando proyectos en el área de Ingeniería, le emociona la idea de hacer una empresa, de partir desde cero y llegar a la cúspide de su carrera. A esto añade que le gustaría ser docente en el futuro y enseñar a otros estudiantes como él, integrarlos a la comunidad universitaria, para poder ayudarlos a salir adelante, como sus compañeros lo están ayudando a él.

De acuerdo a Aguilera, el mayor apoyo que recibieron para concretar este proyecto fue de la Dirección de Desarrollo Estudiantil, específicamente de Bienestar Estudiantil, quienes incluso los tienen cubiertos en caso de que llegaran a necesitar más fondos.

“La idea es que el taller se instaure como una política universitaria, que llegue un día en que la universidad lo financie de manera fija y no que haya que organizarlo en base a un caso específico. Pero, sin duda, esto es un paso importante para la inclusión”, concluye Iván.

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Universidad del Bío-Bío recibe primer alumno PACE de inclusión

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